Desde el año pasado, las principales economías mundiales han presenciado señales de cambio en la dinámica de precios. Los últimos indicios en el alza de la inflación pueden acabar condicionando los entornos macroeconómicos para 2021.

La economía mundial está viviendo alteraciones constantes en las previsiones de crecimiento. En un contexto de inestabilidad, la incertidumbre que rodea la vuelta a la normalidad está continuamente condicionando las estimaciones y la recuperación a dos velocidades de Europa y Estados Unidos vendrá determinada por la duda sobre si el alza en la inflación será temporal o acabará perdurando en el tiempo.

El informe de MAPFRE Economics, Panorama Económico y Sectorial, analiza el repunte en el IPC en economías como la americana, donde la inflación se situó en marzo en el 2,5% -con una previsión para el año del 2,7%-, derivado del programa de estímulos del gobierno de Biden, del efecto base de 2020, que cerró con una inflación del 1,4%, y posiblemente de las intenciones de la Reserva Federal por aumentar el nivel de precios a una tasa aún superior a la actual.

En un escenario distinto se encuentra la zona Euro, que arroja una inflación cercana al 2%, y que el estudio prevé que alcanzará el 2,2%, considerando la ampliación de las restricciones de movilidad y los efectos adversos provocados por situaciones extraordinarias como la reforma fiscal en Alemania, el efecto de la borrasca Filomena o el aumento de la carga impositiva por el CO2.

El camino alcista parece también haber llegado a las economías emergentes. Desde hace unos meses, se ha visto este nuevo incremento en la inflación, provocado por el des-anclaje de las expectativas, la depreciación del tipo de cambio -importado por los precios de producción- y el incremento en el precio del petróleo (en países como México o Argentina, donde juega un papel fundamental).

Además de estos indicios, incluidos en el análisis de los expertos, aparecen otros asociados al deflactor del PIB, que sufrió una fuerte desaceleración mundial en el último trimestre de 2020 -y que han demostrado que no hay unanimidad global en la tendencia alcista de los precios-, y a los tipos reales, que se han mantenido estables durante este tiempo. Sin embargo, tal y como hemos dicho, la gran pregunta reside en si este efecto inflacionista será temporal o duradero.

El repunte será temporal

Las recientes alzas en el IPC han seguido la tendencia de finales de 2020 en la gran mayoría de países, aunque los datos todavía no se han ajustado a los objetivos propuestos por los principales bancos centrales. Tal y como se explicó en el informe Panorama de 2018, las curvas de Philips siguen siendo planas, alimentando una vez más la posibilidad del estancamiento secular.

Con todo esto, el estudio de MAPFRE Economics subraya que, ante la posibilidad de que estos repuntes sean únicamente temporales, existen varios factores que han condicionado la subida en los precios. Entre ellos, destaca el incremento en el precio de las materias primas, el efecto base del descenso en los precios durante la primera oleada de contagios y las consecuencias derivadas de las restricciones de oferta durante la pandemia.

En esta situación actual, los datos apuntan hacia la necesidad de mirar más la volatilidad del IPC y no tanto de la senda de crecimiento, ya que depende en exceso del contexto actual, basado en una débil demanda -en un momento de amplio output gap-,  un ahorro que no se transforma en consumo, una caída de los salarios respecto al PIB y unos efectos de las políticas monetarias que están manteniendo las curvas de Philips prácticamente planas.

El repunte será permanente

Sin embargo, los analistas del área de Estudios de MAPFRE estudian la posibilidad de que el repunte en la inflación en estos últimos meses pueda mantenerse más tiempo del que pensamos.

Uno de los principales aspectos a los que hacen referencia son los supuestos conceptuales que imperaron en los últimos años y que ahora son erróneos. En este sentido, el incremento en el precio del crudo no sería temporal sino que seguiría la senda de los últimos cinco años; la fuerza deflacionaria en China se agotaría al cambiar de modelo de crecimiento (más basado en el consumo y la exportación de bienes de alto valor añadido), apreciándose su moneda y finalmente exportando inflación al resto de países; y el nexo entre crecimiento potencial y el tipo de equilibrio se perderían, sin registrar un aumento de la productividad.

Asimismo, el estudio valora que se han producido cambios en el modelo productivo, provocados por la automatización y el “reshoring”  de industrias a sus países de origen, la apreciación de las externalidades y la transición energética.

No obstante, las alteraciones demográficas y sociales son otros de los factores que condicionaría una inflación en el largo plazo, en el que coexisten elevadas tasas de subempleo con demanda insatisfecha de trabajadores altamente cualificados en las nuevas tecnologías.

La cuarta pata de la silla de la que dependería un encarecimiento de los precios en el tiempo son los efectos asociados a la monetización implícita del déficit, que acabaría derivando en aumentos en la inflación y en las expectativas de inflación.

Es evidente que la duración de esta tendencia será determinante en el devenir de los distintos escenarios macroeconómicos a nivel mundial de cara a los próximos meses.